Soy un “boomer” y no pido perdón por mi pensión digna

Por Quim González Muntadas publicado en Nueva Tribuna el 17 de septiembre de 2025

 Hace unos días El País publicaba un artículo de Estefanía Molina titulado “Si la protesta antiboomer cala en España”. En él se podía entender que la caída del primer ministro francés François Bayrou era la consecuencia de un choque generacional: los jóvenes, defensores del futuro, contra los boomers, aferrados al pasado. El relato es tan simple que parece contundente, y seguramente lo comparte mucha gente. Aunque, a veces, lo excesivamente simple es falso.

El artículo de Molina plantea que el sistema político y económico en Europa se ha convertido en una máquina para sostener el “confort” de los boomers hipotecando a los jóvenes. Que la deuda pública, los déficits del sistema de pensiones y el gasto social se hacen a costa del futuro de las nuevas generaciones.


La trampa está en que se soslaya lo esencial: la política, las ideologías, los proyectos de sociedad en disputa. Convertirlo en una guerra de edades es regalarle al poder económico la división perfecta: jóvenes contra viejos, todos ellos integrantes de la clase trabajadora.

No conviene engañarnos: los jóvenes tienen razones de sobra para indignarse. En España cobran, en el mejor de los casos, el 50% menos que sus padres. El salario medio de un menor de 30 años apenas supera los 1.300 euros, mientras que la emancipación se retrasa hasta los 30 años. La vivienda autónoma es un lujo inalcanzable para muchos, la precariedad laboral se cronifica y las prácticas mal pagadas se multiplican.

El último informe de Randstad “Gen Z Workplace Blueprint” lo muestra con crudeza: la generación Z entra en el mercado laboral “tan firme como desorientada”, pero choca con un muro. Las ofertas para puestos sin experiencia han caído 29 puntos porcentuales desde 2024, en parte porque la Inteligencia Artificial automatiza muchas de las tareas antes reservadas al talento joven. La permanencia media en un primer trabajo apenas supera el año; el 41% no cree que pueda alcanzar el empleo de sus sueños por falta de formación o recursos; casi la mitad ya trabaja en sectores que no corresponden con sus aspiraciones; y un tercio se arrepiente de la carrera elegida. La frustración es real, y conviene decirlo alto y claro, no aceptarla y buscar cómo superarla.

Pero los culpables no son los boomers, como sugiere el artículo de Molina en sintonía con la amplia campaña que vivimos, al presentar como responsables de la precariedad a las pensiones de los jubilados. Según esa lógica, los 202.900 millones destinados en 2024 a pensiones contributivas serían el verdadero problema, y no la ausencia decidida de políticas públicas, empresariales y laborales dirigidas a los problemas de los jóvenes. No los beneficios récord de las grandes empresas, ni las rebajas fiscales a las rentas altas, ni el desigual reparto de la riqueza que mantiene salarios de miseria en la mayoría de sectores de la economía.

Al simplificar el problema en clave generacional, se abre la puerta a las peores salidas. La ultraderecha francesa, lo mismo que Vox en España, lo ha entendido bien: han instrumentalizado el malestar juvenil para señalar enemigos fáciles —boomers, migrantes, Bruselas—.

El dilema no es entre pensiones y vivienda. No es entre confort boomer y sacrificio Z. El dilema real es entre quienes quieren seguir concentrando riqueza y quienes luchan por repartirla. Entre recortes o redistribución. Entre austeridad mal entendida o justicia social.

El modelo de los años sesenta puede haber estallado, como dice Molina, pero la respuesta no puede ser derribar lo conquistado, sino construir nuevas bases de solidaridad. Y eso solo se hace con más impuestos a quienes más tienen, con más negociación colectiva que atienda la realidad laboral de los jóvenes, con más organización sindical y social, y con un proyecto que una a las generaciones en lugar de enfrentarlas. Para ello, ni los partidos democráticos, ni los sindicatos, ni la sociedad en su conjunto pueden dejar solos a los jóvenes en la necesaria lucha por sus derechos, empezando por dignificar su vida y su trabajo. Porque de lo contrario, si se les da la espalda, la división será un hecho y, además, con responsabilidad compartida.

Soy un boomer y cobro una pensión digna, y no pido perdón por ello. Tampoco acepto que nos usen como chivo expiatorio para ocultar la responsabilidad de quienes concentran privilegios. Mis nietos no necesitan que les retribuyan a cargo de mi pensión: necesitan salarios dignos, vivienda asequible, estabilidad laboral y un futuro en el que puedan confiar. Y deben saber que eso no se lo dará, ni en Francia, ni en España, ni en Europa, la extrema derecha.



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